Preludio

Psicología Naturalista

El naturalismo es una noción, un cierto sabor al gusto del intelecto. Es la convicción de que no hay nada por fuera de la naturaleza y que, en esa medida, todo es susceptible de una explicación sensata. La Psicología Naturalista es naturalista porque, teniendo este sabor en mente, quiere un modelo integral de la naturaleza y es psicología porque su misión principal es darle un lugar coherente a la psique dentro de ese modelo.

La idea tiene su origen en Josep Roca i Balasch. Yo la complemento con mis filósofos favoritos: Donald Davidson y José Ortega y Gasset. Bienvenidos todos los comentarios, críticas, preguntas, dudas o sospechas.

Carlos Mario Cortés H.

¿Hay buenos criterios para un análisis conductista del pensamiento?

Septiembre 9 de 2013

El profesor Ricardo Pérez-Almonacid ha publicado un texto sobre el análisis conductista del pensamiento. Su escrito abre con una presentación crítica de las propuestas skinnerianas y postskinnerianas y cierra defendiendo su posición, también conductista, pero armada para enfrentarse al problema de la conducta humana compleja o —según el título del artículo— al problema del pensamiento. Quiero dirigir a él un comentario sobre este cierre. Normalmente se lo enviaría a su correo personal, pero creo que hacerlo público puede llegar a nutrir la discusión. Pido perdón si parece extravagante esta decisión.

* * * 

Hola, profe:

Como dije en la introducción pública a esta carta, quiero comentar la segunda parte de su texto sobre el análisis conductista del pensamiento. Baste con decir, de la parte crítica, que el defecto que, según veo, Ud. atribuye a sus parientes conductistas es una limitación conceptual. Entiendo que la esencia de esta limitación es que los conceptos que ellos usan para tratar el pensamiento intiman con categorías espacio-temporales y, por ello, difícilmente superan un análisis cuantitativo. El error está en que, para Ud., lo que interesa del pensamiento es la diferencia cualitativa respecto del resto de la conducta animal y esta diferencia no puede hallarse en cuestiones de cantidad.

Para dar un poco de contexto y para ver si yo entiendo con qué cartas juega Ud., presento brevemente su propuesta. Su idea de partida es que la conducta tiene que «concebirse radicalmente como relación». En términos que llama «molares», esto significa que piensa en ella como una «organización funcional y no como actividad o respuestas solamente» (p. 59). Creo que, más adelante, escribe lo mismo en otros términos: «la conducta en sí misma es una estructura de contingencias de función (condicionalidades entre propiedades de eventos de estímulo y/o respuesta), que tiene propiedades cualitativamente distintas a las que tienen sus componentes» (p. 59). Así entiendo esto: siguiendo a los conductistas, Ud. segmenta el mundo en estímulos y respuestas, pero se diferencia de ellos en que hace especial énfasis en las propiedades cualitativas de éstos, no sólo en las cuantitativas. En términos llanos, lo que importa es lo siguiente. Hay unos elementos: los estímulos y las respuestas. Estos elementos, en cuanto eventos físicos que ocurren en el espacio y en el tiempo, tienen propiedades cuantitativas. Pero resulta que, a partir de su ocurrencia, se configuran dependencias entre ellos que les supone ganar propiedades cualitativas diferentes. Es ahí cuando integran contingencias de función y esto es lo que resulta relevante para Ud. Los skinnerianos y postskinnerianos se enfocan en las propiedades cuantitativas de ocurrencia. En cambio, desde su perspectiva ribesiana, el énfasis quiere hacerse en las propiedades cualitativas de la estructura de estímulos y respuestas, esto es, las contingencias de función.

Ud. promete hablar del pensamiento, pero en el cuerpo del texto se refiere, más bien, a la conducta humana compleja. Así es que pide «un criterio cualitativo de complejidad y no sólo cuantitativo» y exigen que el estudio de esta conducta integre «de manera no trivial la dependencia social». Es, entonces, cuando habla de sus simpatías con Vygotsky. Según nos cuenta, comparten el interés por la estructura, el llamado enfoque molar, con el cual aventajan a los interesados en las moléculas —los estímulos y las respuestas—. Hablando de estructuras, o sea, de relaciones entre estímulos y respuestas, advierte que ellas pueden diferenciarse según «las formas» de tales relaciones y que esto «es un asunto de cualidad y no de cantidad» (p. 60). Pero ¿a qué se refiere con «la forma en que se relacionan [las] partes» de la estructura? No estoy seguro de ver cómo entiende esto de manera que le permita hablar de una diferencia cualitativa.

Ud. exige un criterio cualitativo y nos ofrece aquel que adelantó Vygotsky. En la conducta humana compleja, «las relaciones entre [estímulos y respuestas] se estructuran a partir de la mediación de la actividad del individuo, introduciendo nuevos estímulos» (p. 60). A esta actividad la llama «significación» —pues lo que hace el individuo es usar un signo— y ella determina «la forma» de la estructura, esto es, le da su peculiaridad cualitativa. Hasta acá, nos ofrece, pues, dos características del criterio: la acción del individuo y su introducción de signos, en particular, signos del nivel simbólico. Posteriormente, lo pone de manera más ribesiana y general, así, la complejidad de la conducta está determinada por tres cosas: una, si las relaciones de la estructura dependen de la actividad del individuo; dos, si las respuestas atienden a propiedades físicas, «organísmicas» o convencionales de los estímulos; y tres, qué tanto se desliga la respuesta de las propiedades físicas de los estímulos. (Dicho sea, de paso, no sé qué sutil diferencia hay entre dos y tres, pues, a primera vista, se superponen, por lo menos, en lo que respecta a lo convencional y lo físico.) Lo decisivo acá es que el elemento simbólico que el individuo introduce con su acción debe ser «indicativo de un sistema completo de relaciones convencionales» (p. 62). Es por esto que puede hablarse de una contingencia funcional convencional.

Trasvaso el párrafo anterior a otras expresiones. En su universo de estímulos y respuestas, entre ellos, se forman estructuras de dependencias. Hay unas estructuras que difieren cualitativamente de otras porque uno de sus elementos está allí en virtud de la acción del individuo. Pero la diferencia cualitativa, así no más, es poco sugerente. Falta reparar en que el individuo introduce con su acción un signo, un signo de nivel simbólico, con el cual «vincula condicionalmente dos eventos según propiedades asignadas por acuerdo» (p. 61). He ahí la diferencia cualitativa. Entiendo, pues, que la conducta humana se hace compleja cuando, entre los estímulos y las respuestas, se cuenta con un estímulo que ha sido introducido por el individuo y que da un carácter convencional a la estructura de relaciones, fija «la forma» de la estructura  según aquellas propiedades que los elementos han recibido por acuerdo.

Si esto es correcto, tengo la impresión de que Ud. hace mucho énfasis en la acción del individuo, cuando lo que hace la diferencia cualitativa real es el carácter simbólico del elemento que selecciona las propiedades determinantes. En tal caso, su idea, puesta en breve, sería que las estructuras de estímulos y respuestas son complejas cuando un elemento simbólico determina qué tipo de propiedades de los estímulos y las respuestas importan para definir la estructura.

No obstante, en una primera lectura, dado el énfasis en lo que Ud. llamó el «eje a» para caracterizar la complejidad de la conducta, me pregunté por qué la acción del individuo satisfacía el criterio cualitativo. Me inquietaba, sobre todo, a la luz de una limitación que Ud. registró en sus conductistas rivales: el criterio morfológico o corporal. ¿De qué manera se identifica la conducta del individuo como no sea bajo el amparo de un criterio morfológico o corporal? Yo sólo puedo entender que una conducta sea del individuo en cuanto la hace un mismo cuerpo. Un criterio puramente morfológico o, por supuesto, corporal. En todo caso, después viene lo que me parece la parte realmente importante del criterio: que esa conducta introduzca a la estructura un elemento simbólico que la determine cualitativamente. Podría decirse, entonces, que la conducta del individuo importa en cuanto respuesta simbólica. Pero, en tal caso, si no estoy malinterpretando las cosas, encuentro un problema de conceptos según el cual la propuesta corre en círculos persiguiendo su propia cola sin lograr alcanzarla. Trataré de explicarme.

¿Qué es lo que se buscaba? Un criterio cualitativo que identificara la conducta humana compleja. Se propusieron dos cosas: (1) la actividad del individuo, lo que entiendo como un criterio más morfológico que cualitativo, y (2) el carácter simbólico de tal actividad. Pero ¿cómo puedo decir que una actividad introduce un elemento simbólico o que ella misma es simbólica si no es porque ya ha sido identificada como conducta humana compleja? Ud. afirma en la página 63 que para identificar algo como símbolo hay que «atender a la forma como se responde a él». Pero ¿qué cuenta como «forma de respuesta»? Podría decirse: entre las formas de responder, se encuentran las respuestas convencionales. Hay que preguntar, pues, qué las hace convencionales, ¿cómo se sabe que ellas pertenecen a tal categoría de manera que no se presuponga resuelto el asunto que ellas venían a resolver?

A mi entender, Ud. prometió superar a sus amigos conductistas ofreciendo un criterio cualitativo para diferenciar la conducta humana compleja del resto de la conducta animal. Su criterio proponía tres ejes ribesianos (aunque yo sólo veo dos), uno de los cuales me parece que es morfológico y el otro presupone lo que se quiere lograr, pues exige haber identificado un elemento simbólico el cual, según parece, sólo es identificable a partir de la conducta humana compleja. He ahí la circularidad.

Si estoy entendiendo bien las cosas, me parece que en estas líneas presento una dificultad para nada menor. Pero sé que puedo estar dejando escapar muchas ideas de la propuesta de Emilio Ribes, lo que me hace ver problemas allí donde sólo hay lagunas en mi conocimiento. Mi vacío podría estar precisamente en esos ejes que veo solapados. Entones, ¿cómo es que se le puede llamar convencional a una respuesta sin haberla identificado ya como conducta humana compleja? La pregunta misma parece capciosa, pues no veo viable una respuesta. Sin embargo, no lo es, no es capciosa. Sólo quiero invitarlo a que haga un comentario a propósito de mi comprensión. Porque —de paso, lo menciono— si tengo razón, el proyecto doctoral que le propongo se justifica plenamente.

Un abrazo.


4 comentarios:

Ricardo Pérez Almonacid dijo:

Apreciado Carlos:

Valoro la oportunidad que abres para precisar las ideas, aun con tu característico y divertido sarcasmo. Que una persona con tu capacidad crítica interprete que el documento target tiene los problemas que señalas, me hace ver que es necesario afinar las ideas y hacer un esfuerzo por comunicarlas mejor. Pues bien, con ese espíritu responderé a tus comentarios.

En primera instancia creo que es fundamental no perder de vista que el análisis que presento tiene como interlocutores privilegiados a colegas (amigos o parientes si prefieres) conductistas. Eso selecciona las temáticas, los énfasis, el lenguaje y los ejemplos. Es más fácil entendernos si hablamos en un lenguaje de estímulos y respuestas, de condicionamiento, asociaciones, contingencias, etc. A veces conviene porque lo que entendemos por eso puede ser suficiente para que una idea tenga suficiente eficacia comunicativa, aunque uno hubiera preferido no tener que usarlo. Sin embargo, si se usan, tiene que poder darse cuenta de eso.

Como seguramente compartimos, el “mundo” o “universo” de interés psicológico no está segmentado en estímulos y respuestas; a lo sumo, eso le interesa a la fisiología. Por tanto, no planteo que ninguna propiedad suya ni cuantitativa ni cualitativa sea de interés en sí misma para el análisis psicológico. Para éste, comparto con Ribes que lo relevante son las contingencias de función, es decir, relaciones en las que la propiedad adquirida de un evento en la ontogenia individual, es función de la propiedad de otro evento. Pero interesan como relación; no interesan en sí mismos, de forma independiente, los eventos que se relacionan. La unidad de análisis es tal relación irreductible. Es un concepto muy afín al de funcionalidad ontogenética en Roca y por eso compartimos plenamente el rechazo de alguna propiedad extensional como relevante analíticamente para la psicología.

El asunto es que tales contingencias de función suelen darse dentro de sistemas organizados de varias contingencias de función y no como una sola aislada, aunque eventualmente en el laboratorio pueda aislarse. Ese carácter sistémico y organizado de lo psicológico permite cualificarlo. Puede darse una misma cantidad de eventos pero es su organización funcional lo que permite distinguir que se trata de un caso o de otro. Lo cualitativo, entonces, no es una propiedad de estímulos y respuestas, como parece que pudo interpretarse, sino del sistema de relaciones. Hay muchos criterios para cualificar tales organizaciones y no es lugar para detallarlos, pero baste con mencionar que Ribes y López propusieron el criterio de desligamiento, principalmente para proponer cinco casos, y que podría proponerse el del tipo de medio de contacto para proponer otra clasificación ortogonal en tres tipos (que de paso es muy afín al que usa Roca, aunque no parezca…). La diferencia entre los puntos 2 y 3 del texto target, que tú consideraste innecesaria, corresponde justamente a esto: puede darse un mismo tipo de desligamiento respecto a las tres propiedades que se mencionan allí o respecto a una sola de éstas pueden darse varios tipos de desligamiento (se puede responder a propiedades convencionales en distintos niveles de desligamiento).

(continúa...)

Ricardo Pérez Almonacid dijo:

Justamente “la forma” en que se organiza el sistema de relaciones es su cualidad. Se vincula con la forma aristotélica. Un ejemplo, no psicológico, es que tú puedes estar con dos amigos más tomando una cerveza y riendo, con el único fin de pasarla bien, y eso cualifica la reunión de una forma; si ustedes mismos ahora se ponen a estudiar y trabajar para cumplir con un compromiso institucional, la reunión se cualifica de otra forma (es otra cosa). Lo único que cambió es lo que cada uno hacía en relación con el otro y el criterio respecto del cual hacen lo que hacen. A este análisis del sistema de relaciones en sí mismo, identificando su cualidad, es lo que denominé análisis molar, y considero que en psicología es prácticamente inevitable. Claro, el tipo de relaciones de interés y los eventos que se relacionan serán distintos a los del ejemplo.

La distinción anterior fue importante en el artículo target porque la tesis era que aunque el análisis conductista ha avanzado en la caracterización de redes de relaciones arbitrarias adquiridas en la ontogenia individual, planteando que al hacerlo logra capturar la conducta humana compleja, eso no la cubre con suficiencia dado que, funcionalmente, tales casos tienen la misma cualidad que otros sistemas de relaciones considerados de menor complejidad. Para contrastar lo que era de una cualidad y de otra, apelé a un criterio de complejidad dado que se trataba justamente de la conducta compleja versus la no compleja. El corazón de la tesis es que la conducta menos compleja es de tipo asociativo o lo que es lo mismo en el texto, basada en relaciones espacio-temporales o tipo señal, como las de condicionamiento; y la conducta más compleja, que quise acotar al caso humano que puede cubrir gran parte de lo que se ha llamado pensamiento simbólico teórico, no sería asociativa sino mediada por una acción que estructura un sistema de funciones convencionales.

La tradición conductista ha supuesto que la derivación o emergencia de redes de relaciones entre eventos morfológicamente arbitrarios es sinónimo de conducta humana compleja. La crítica es que ese paradigma corresponde a la misma lógica asociativa (o correlacional…) de eventos relacionados sólo espacio-temporalmente y que la morfología arbitraria de los eventos habilita que las relaciones derivadas sean más flexibles y extensas que con eventos de morfología natural, pero que eso no lo hace más complejo cualitativamente aunque sí cuantitativamente. La actividad individual en esta tradición es mediadora de relaciones asociativas directas o derivadas entre eventos arbitrarios. Pero además, que las categorías de condicionamiento de las que parte son forzadas para cubrir esos conceptos. La propuesta es que aunque se dio un paso adelante a lo que se venía haciendo, un abordaje de la conducta humana compleja debería contemplar relaciones no sólo entre eventos arbitrarios sino además convencionales y cuya relación sea establecida no por sus propiedades físicas y espacio-temporales sino estrictamente por las convencionales. Esta relación sólo puede ser establecida por un tipo de actividad individual distinta a un mero soporte de la relación espacio-temporal: tendría que ser una actividad individual así mismo convencional. Por ejemplo, no puedes hacer una comparación entre el sistema de Roca y el de Davidson por mera asociación entre sus palabras sino introduciendo palabras de enlace (que fungen como conceptos) que se da como relaciones posibles según las propiedades de tales sistemas. Pero además, en el caso que nos ocupa del pensamiento simbólico teórico, tal acción debe incluir a los símbolos como eventos indicadores de sistemas completos.

(continúa...)

Ricardo Pérez Almonacid dijo:

La razón por la cual me refiero a actividad individual y no a respuesta individual, justamente es pretendiendo marcar una distinción en que ésta tiene una dimensión morfológica definitoria y aquélla no tendría una sola. Una respuesta es trazar una grafía en un papel y su resultado es la grafía: ambas tienen una morfología especificable. Pero cuando medias convencionalmente un sistema de relaciones basada en las propiedades convencionales de los eventos, haces muchas cosas que funcionalmente son la misma mediación, como darle la vuelta a una hoja, escribir varias cosas distintas, subrayas, etc. Aunque morfológicamente son distintas, funcionalmente integran una unidad que es la que llamo actividad mediadora (en otro escrito me referí a eso como acto pero la distinción por lo pronto no es necesaria). Ésta no se define morfológicamente sino funcionalmente; es decir, pudiste haber hecho todo eso morfológicamente definible y sin embargo, no haber mediado el sistema, por lo que no se actualizó (en el sentido aristotélico) la función mediadora.

La distinción entre morfología y función evita o rompe cualquier circularidad que haya podido interpretarse en el argumento. El conjunto de cosas que haces para poner en relación dos conceptos, por ejemplo, puede actualizar un sistema de relaciones convencionales coherentes entre ellos pero puede que no. Sólo cuando se actualiza tal sistema, hay mediación funcionalmente hablando. Si no se actualiza, tales cosas hechas no fungen como acción mediadora convencional, aunque las respuestas implicadas tengan morfología verbal, por ejemplo. Ésta en sí misma no es la que recibe el atributo de cualidad ni de complejidad sino el sistema de relaciones actualizado. Tú puedes identificar respuestas con morfología convencional (acordada) en sistemas de relaciones asociativos y acciones mediadoras no convencionales. Pero los que interesaban particularmente en el artículo target son los que incluyen símbolos y ésos son los que se consideran más complejos cualitativamente.

Los símbolos se entienden como productos convencionales que indican sistemas de relaciones. La única forma en la que pueden cumplir tal función es que el comportamiento respecto de ellos sea pertinente al sistema completo que indican, y a eso me refería con “la forma de responder”, es decir, que lo que hagas sea pertinente al sistema indicado. Si yo observo este símbolo ∫ en una ecuación matemática y lo que hago es pertinente a las relaciones implicadas por él, se actualiza su función simbólica; de lo contrario, será un objeto gráfico al que respondo sólo en función de sus propiedades físicas pero no convencionales. El símbolo no pre-existe al sistema de relaciones sino que resulta de él y lo “indica”, en el sentido en que en lugar de reproducir en toda su extensión las relaciones del sistema, el símbolo las indica; es una abstracción de aquél. De esta forma, se propone que el comportamiento humano complejo (más complejo que el asociativo) se da cuanto medias relaciones basadas en las propiedades convencionales de símbolos con otros símbolos o eventos, de modo tal que actualizas un sistema de contingencias de función. Aunque las acciones son críticas para que se articule el sistema, el objeto analítico es el sistema actualizado por ellas porque son las propiedades de éste las que definen la cualidad y complejidad que propongo caracterizar cuando se estudia el pensamiento humano.

Un abrazo.

Carlos Mario Cortés H. dijo:

Para empezar, juro haberme permitido sólo un comentario jocoso, aquel de perseguirse la cola. Todo lo demás fue transparente. Escribí lo que creí entender y sus probables consecuencias, sin ánimo de burlas disimuladas. Aun así, esperé correctamente que la respuesta fuera aclaratoria. El problema es que no veo una tratamiento directo a mi crítica central, tampoco logro una comprensión diferente.

Me dice que «la distinción entre morfología y función evita o rompe cualquier circularidad», pero no me dice cómo ni por qué lo hace. Por lo demás, mi sospecha de circularidad no tenía que ver con morfologías. El problema morfológico o corporal iba a cuento de incluir, dentro del criterio, el requisito de que fuera conducta del sujeto. Pues no veo qué es lo funcional en la asignación de conductas a cuerpos. Esta parte del criterio, sin embargo, la juzgué como secundaria respecto de la parte interesante, aquella que le exige un carácter simbólico al elemento mediador. Acá es donde huele a círculo.

Por otra parte, sí temí que fuera a rechazar mi caracterización del mundo dividido en estímulos y respuestas, pese a que fui explícito: «desde su perspectiva ribesiana, el énfasis quiere hacerse en las propiedades cualitativas de la estructura de estímulos y respuestas». La estructura, no los elementos. Ud. mismo caracterizó así las contingencias de función: «condicionalidades entre propiedades de eventos de estímulo y/o respuesta» (p. 59). En todo caso, por lo pronto, no interesa que sea tal o cual segmentación del mundo. Importa que hay tipos de eventos y, Ud. nos dice, «es su organización funcional lo que permite distinguir que se trata de un caso o de otro», su diferencia cualitativa. Allí es cuando apela a la «acción que estructura un sistema de funciones convencionales».

Según entendí y sigo entendiendo, esto se logra con el concurso de símbolos en la escena, pues ellos son el contacto con lo convencional, ellos «actualizan el sistema». Entonces, me pregunto cómo puede juzgarse que apareció en la escena un elemento simbólico, que dé el carácter de conducta humana compleja, si no es porque ya ha sido identificada la escena como un caso de conducta humana compleja. Entiendo que el observador pueda señalar dicho elemento y su carácter simbólico, pero se dijo que algo tenía este carácter sólo en virtud de la relación que guardaba con el sujeto.

Luego, me dice que «el símbolo no pre-existe al sistema sino que resulta de él». Esto, me parece, viene a reafirmar la circularidad, algo como la anterioridad del huevo o la gallina. Pues si el elemento introducido tiene que ser simbólico para dar carácter simbólico al sistema, ¿cómo el carácter simbólico del elemento puede resultar del sistema mismo? Entiendo que lo simbólico se construya según procesos ontogenéticos. Pero esto, para muchos, es más o menos obvio. Sobre todo, es demasiado general; no es lo que está en disputa. Ud. estaba ofreciendo un criterio para caracterizar y diferenciar casos de conducta humana compleja. Yo no logro ver el aporte conceptual del criterio propuesto, más allá de afirmar que, para que haya conducta simbólica, es necesario que lo simbólico opere en medio. Lo digo con todo respeto; es lo que logro desentrañar de sus palabras.

Gracias, profe, por tomarse el tiempo de responder.

Un abrazo.

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